
Milán–Sanremo: análisis de un Monumento condicionado por una caída… y decidido por un extraterrestre
Solo un friki —o un demente— es capaz de tragarse la Milán–San Remo de principio a fin. Puede que tenga un poco de ambos atributos, pero no voy a negar que encontrarme la bici con la batería del Di2 descargada ayudó bastante a tomar la decisión. No es la primera vez ni será la última… pero gracias a ello pude disfrutar del primer Monumento de la temporada de forma íntegra.
No es ningún secreto que no soy fan destacado de Pogacar. Su “performance” en Roubaix del año pasado contribuyó negativamente a mi admiración por él. Pero tampoco voy a negar lo evidente: es muy probable que estemos presenciando al que será el mejor ciclista de la historia durante muchos, muchísimos años.
298 km y una pregunta: Cipressa o Poggio?
Por delante, 298 km con una incógnita clara: ¿Se atreverá Pogacar a atacar en la Cipressa o volverá a jugársela en el Poggio?
El viento de cara no invitaba precisamente a aventuras lejanas, y menos después de la temprana caída con abandono inmediato del suizo Christen, uno de los peones importantes del UAE.
La carrera transcurrió como suele hacerlo: escapada temprana —que ni siquiera fue la que debía ser, gracias a la monumental cagada del coche del director de carrera equivocando a la fuga buena— y posterior control durante 200 km por parte del Alpecin de Van der Poel, personificado en un solo hombre: Dillier. Sí, un único corredor lideró el pelotón durante 200 km manteniendo la fuga a raya. Solo cuando la diferencia rozó los 7 minutos, UAE decidió intervenir y liberar a Dillier de su penitencia.
No voy a repetir la importancia de la distancia en esta carrera ni lo diferente que sería un sprint en Via Roma con 200 km en las piernas en vez de 300. Si a estas alturas no lo sabes, quizá deberías leer el Marca y no este tipo de posts. Así que vamos directamente a lo importante: los 30 km finales, cuando la colocación para la Cipressa provocó la caída que, a mi juicio, cambió por completo el devenir de la carrera.

La caída que lo condicionó todo
Fue el mismísimo Pogacar el primero en irse al suelo, provocando un efecto dominó que se llevó por delante a varios corredores, entre ellos Van der Poel y Van Aert. El primero se levantó rápido y reanudó la marcha. El segundo fue uno de los más perjudicados: necesitó cambio de bicicleta y quedó completamente fuera de posición.
UAE entró en modo alerta, pero sin perder la calma. Cada corredor estuvo exactamente donde debía estar: – los directores transmitiendo serenidad, – los gregarios esperando al líder de forma escalonada, – Del Toro haciendo el lanzamiento final, – y Pogacar ejecutando el movimiento que llevaba 12 meses imaginando.
La Cipressa: Pogacar abre el gas
Como el año pasado solo dos corredores pudieron seguir su ataque: Van der Poel y Pidcock (el año pasado había sido Ganna). El resto del grupo trató de organizarse como pudo.
Pogacar sabía que no contaría con la ayuda de sus rivales en la subida, pero aun así intentó involucrarlos. Ambos pasaron tímidamente, más por imagen que por convicción. Sabían que no debían gastar ni un gramo de energía extra porque otro ataque del esloveno era inevitable. Y así fue, el ímpetu del esloveno lo llevó a batir el récord de la subida.
Van der Poel no iba fino
Fue ahí cuando algo me llamó la atención: Van der Poel no iba bien. No pasaba con alegría, su cara mostraba un sufrimiento inusual en él y, una vez comenzó el descenso, mis sospechas se confirmaron: – trazadas malas, – dificultad para mantener la rueda, – gesto torcido, – y un punto de rigidez impropio de él.
Mientras tanto, la diferencia del trío con el grupo perseguidor superaba los 30 segundos. Solo Trek parecía capaz de organizarse para minimizar daños para su líder Pedersen, milagrosamente recuperado tras seis meses sin competir.
Por detrás, Visma trataba desesperadamente de reenganchar a Van Aert, aún descolgado desde la caída.
El Poggio: donde se decide todo
Los kilómetros pasaron rápido y el grupo perseguidor comenzó el Poggio con el trío cabecero a la vista. Con Van Aert ya dentro del grupo y Visma colaborando con Trek, es muy probable que hubieran afrontado la última subida con el pelotón reagrupado… pero la carrera se dio como se dio.
Pogacar tensó y mis sospechas se confirmaron: Van der Poel cedía. Solo Pidcock aguantó la rueda del esloveno. Y ojo, la aguantó bien. Incluso tuvo el detalle de “meterle la rueda” para decirle: “eh, que estoy aquí”.
Descenso, nervios y un podio heroico
Descenso vertiginoso, juego de nervios, y por detrás Van Aert arrancando y acercándose peligrosamente. 500 m. 400 m. 300 m. 200 m. Arranca Pogacar. Pidcock comienza a remontar… pero no. Le faltaron metros (o haber arrancado él primero). Pogacar se lleva su 4º Monumento, su Sanremo (ya tenía 2 Flandes, 3 Lieja y 5 Lombardía).
Van Aert, en una demostración de fortaleza mental y física solo al alcance de los grandes, rasca un podio con el pelotón soplándole en la nuca.
Pedersen, cuarto. Otra bestia mental.
Van der Poel, absorbido por el pelotón, aún fue capaz de disputar el sprint y terminar octavo, lejos de aquel VDP que solo esprintaba para ganar.

La caída fue clave
Sí, la caída fue clave. “Pero si Pogacar también se cayó, ¿por qué dices eso?”
Porque esa caída obligó tanto a Pogacar como a Van der Poel a subir la Cipressa a tope desde el principio, remontando posiciones. Porque impidió que Visma e Ineos (mermados por otra caída anterior) colaboraran con Trek en la persecución entre Cipressa y Poggio. Porque forzó a Van der Poel a pasar al relevo en el tramo llano entre ambas subidas, algo que probablemente no habría hecho con el pelotón más cerca.
En resumen: el desgaste de ambos líderes favoreció a Pogacar.
¿Le resta mérito a su victoria? Para nada. Es el más grande y ganó por méritos propios. Pero el análisis es el análisis.
En 2 semanas De ronde, en 3 el «Infierno del norte«.