
“No conozco ningún amante del ciclismo que no se alegre hoy”. Estas fueron las palabras del equipo Alpecin, el equipo del “eterno” rival Van der Poel, pero en realidad son las palabras de todos los amantes del ciclismo, de todos los aficionados que hemos seguido la trayectoria de Wout desde sus inicios, de todos los que no solo valoramos las victorias, sino también cómo se producen las derrotas y cómo contribuye a las victorias de sus compañeros.
Van Aert pasará a la historia del ciclismo, y no necesitaba la victoria de hoy para ello, pero sin duda esta entrada será mucho más dulce después de esta Roubaix. Una carrera ya de por sí caótica, en la que las averías y las caídas están a la orden del día; una carrera especial, un Monumento. El Monumento que le falta a Pogacar para sumar los cinco, el Monumento que su máximo rival necesitaba para llegar al póker de Roubaix e igualar a los más grandes, el Monumento que dará la tranquilidad eterna a Van Aert, el que por fin hizo justicia.
La carrera salió rapidísima: 54 km en la primera hora, lo que impidió que se fraguase la típica fuga inicial que suele ser de gran ayuda para que los segundos espadas consigan puestos de honor o ayuden a sus líderes en la parte final. No recuerdo cuántos años hace que esto no sucedía, pero desde luego no es habitual que ninguna fuga se consolide en esos primeros kilómetros.
Las averías comenzaron a sucederse y ninguno de los favoritos fue ajeno a ellas: Pogacar, Van der Poel, Pedersen, Ganna y Van Aert tuvieron las suyas, incluso por partida doble o triple. Y todo ello no impidió que nos encontremos ante la Roubaix más rápida de la historia.
Pogacar fue el primero, y el gran grupo decidió perdonarle la vida. Una, en mi opinión, malísima decisión que estuvo a punto de dejarlo fuera de carrera. Pinchó y, en vez de cambiar rueda con el coche neutro, decidió coger una bicicleta que lo obligaría a parar nuevamente para volver a la suya. Aun así, los demás favoritos decidieron no entrar a bloque, y unas órdenes de equipo bastante reguleras (tardaron mucho en parar a Politt y Bjerg) consiguieron reintegrar al esloveno a la cabeza antes del primer momento clave del día.
La carrera transcurría con esa peligrosa normalidad que la caracteriza mientras todos teníamos los ojos puestos en Arenberg. Y ahí es donde Van Aert comenzó a ganar la carrera. Una excelente colocación de Brenan (ojo con este chaval en el futuro) lo llevó a entrar en primera posición en el tramo más temido de Roubaix. No te hará ganar la carrera, pero sí puede hacer que la pierdas. Posición que no abandonaría hasta salir del mismo.
Aquí se produjo el primer momento decisivo del día: pinchazo de Van der Poel, gestionado de la peor manera. Avisó a su compañero Philipsen, que no dudó en parar y entregarle su bicicleta. Bicicleta que, inexplicablemente, estrenaba nuevos pedales Shimano que requerían una cala diferente. ¿En serio era Roubaix el mejor lugar para este tipo de experimentos? El resultado: Van der Poel no puede continuar con esa bicicleta y decide devolvérsela a Philipsen para que siga, mientras su compañero Del Grosso (este debió acabar por lo menos el bachiller) saca una llave del maillot para cambiar la rueda delantera de VDP por la suya. Pero la mala suerte se ceba con él sin haber salido todavía de Arenberg, obligándolo a cambiar, esta vez sí con el coche del equipo a su lado, de bicicleta.

Van Aert había conseguido mandar al máximo favorito a dos minutos de la cabeza de carrera, que el belga compartía con Pogacar y Pedersen como máximos aspirantes, además de su compañero Laporte, Bissegger, Stuyven y los Red Bull Pithie y Meus.
El grupo colaboró mientras Pogacar primero y Van Aert después sufrían sendos pinchazos que los obligaban a un desgaste extra, aunque ambos lograron reintegrarse a la cabeza. Fue en el tramo de Auchy-les-Orchies cuando Van Aert decidió que había llegado su momento y lanzó el ataque definitivo, al que solo Pogacar pudo responder. Pedersen lo intentó durante unos metros, pero tuvo que ceder ante el empuje del belga.
La carrera estaba encarrilada. Van Aert la tenía donde tantos años había soñado, pero estamos en Roubaix, y si en el ciclismo nunca hay que dar nada por ganado hasta la meta, en Roubaix todavía menos. El dúo cabecero consolidaba una ventaja en torno a los 40 segundos mientras por detrás Van der Poel revivía y conseguía enlazar con los perseguidores. No así Ganna, que se fue al suelo tras otro pinchazo que lo dejó definitivamente fuera de la lucha.

“Si no lo suelta en Mons-en-Pévèle, la carrera es suya”, decía yo con la boca pequeña. Y no lo soltó. Lo intentó, pero no lo soltó. Incluso lo probó saliendo del tramo adoquinado, en el repecho asfaltado, pero Wout sabía que aguantando ahí, y sin avería mediante, el 90% de la Roubaix era suyo.
Visma ordenó a Wout ser prudente y mantener la cautela en los relevos hasta pasar el Carrefour de l’Arbre, último tramo donde Pogacar podría soltarlo. Y así lo hizo, obligando al esloveno a tomar riesgos que casi lo llevan al suelo. Por detrás llegaron a estar a 20 segundos del dúo cabecero con Laporte haciendo un trabajo excelente «estorbando» en los relevos, pero Van Aert no iba a dejar que otros invitados llegaran a su fiesta.

Pogacar entra al velódromo en cabeza, Wout a su rueda. Pasan por meta, suena la campana. Wout calcula. Pogacar se abre. 300 metros. “¡Wout, arranca por Dios!”. 200 metros. Arranca Van Aert. Pogacar intenta seguirlo, pero la arrancada del belga fue brutal, con toda la fuerza de sus millones de fans que estaban sprintando con él. Un metro, dos metros de distancia. Van Aert mira atrás y sabe que lo tiene. Van Aert mira al cielo y dedica su Roubaix mientras rompe a llorar como ese niño que un día soñó con ganar esta carrera y que parecía que tendría que retirarse sin conseguirla. Qué imagen. Van Aert mirando al cielo, Pogacar al suelo.

La emocionada dedicatoria fue para su amigo y antiguo compañero Michael Goolaerts, fallecido el 8 de abril de 2018 después de un paro cardíaco en una caída en la Roubaix de ese mismo día.
Por una vez, el ciclismo pagó sus deudas. No solo con Van Aert, sino con el propio ciclismo, con los fans, con los verdaderos aficionados y con la historia. Porque Van Aert pasará a la historia, pero después de hoy pasará con un adoquín bajo la almohada, con una victoria soñada, con la eterna admiración de todos los amantes del ciclismo.
Grande, Wout.