
Pues nada, que seguimos en la misma tónica en este Tour: aquí se vuela. Hoy, otra vez, media de 48 km/h en una etapa que de «descanso» tenía lo mismo que un percebeiro trabajando con temporal en el cabo Fisterra. La fuga tardó en hacerse más que una misa sin cura, pero cuando cuajó… ay amigos, que se fueron los buenos, los altos y los que saben pedalear sin mirar el potenciómetro cada diez segundos.
Y luego están los listos de la vida, esos que gritan desde el sofá con una Estrella en la mano que se aburren con las etapas llanas. Hombre, pues quizá es que ya no hay incentivos como los de antes: aquellas metas volantes y sprints especiales que daban vidilla aunque fuera entre corredores sin “pedigrí”. Se quitaron porque “eran para segundones”. Pues mira tú qué cosas… como si todos tuvieran que ser Pogacar.
Pero dejemos las fantasías reformistas para otro día y volvamos a la etapa de hoy, que tuvo dos lecturas claras: la lucha por la etapa y la guerra psicológica por la general.
En la primera, la escapada fue un regalo para los nostálgicos de las clásicas de verdad, esas con fuerza, codazos y miradas que matan. Quedaron dos valientes, Abrahamsen y Schmid, que ofrecieron una lección de táctica y pulmón. Al final, el noruego, que hace cuatro semanas tenía más clavos en la clavícula que un palé de Ikea, le ganó el pulso al suizo en un sprint de esos que se deciden por una pestaña. Van der Poel llegó tarde. Si la meta estuviera dos kilómetros más allá, igual contábamos otra historia.
Y hablando de llegadas tardías… Van Aert fue quinto, pero dejó un regusto amargo. Ay, Van Aert… cuánto te echamos de menos en los duelos de verdad. Tus hooligans (entre los que me cuento, aunque sin bufanda), soñamos con verte de nuevo cogiendo la rueda de Van der Poel y montando el número. Pero para eso hace falta más que piernas: hace falta chispa, confianza, y sobre todo, libertad del equipo. Y este Tour parece que va por otro lado.

En cuanto a la general, Healy vestía de amarillo, y Pogacar sonreía por dentro como a quien le toca una mariscada gratis. UAE cedió el mando al equipo del irlandés, pero que lo disfrute mientras le dure, porque mañana en Hautacam se acaba el cuento. Amarillo dos días y gracias por participar. Etapa, liderato y lo que venga… que le quiten lo bailado.
Pero lo más jugoso vino en la parte táctica. El Visma sigue haciendo lo suyo, sin grandes fuegos artificiales, pero generando nervios. No por los ataques, que fueron más bien de compromiso (como decir “eh, que estamos aquí”), sino por la imagen: equipo sólido, cada uno a lo suyo, como un reloj bien engrasado. Justo lo que no transmite UAE.

Pogacar empieza a parecer un alma en pena en los últimos kilómetros: solo, mal colocado, sin abrigo. Y claro, pasa lo que pasa: un gesto mal dado, un despiste, y al suelo. ¿Que se le cruzó Johanesen? Sí. ¿Que estaba despistado? También. ¿Que Narváez tenía que estar a su lado y no jugando a ver si rasca algo? Sin duda. Aquí no estamos para lucirse, estamos para cuidar al jefe, y hoy el ecuatoriano andaba más pendiente de los highlights que de su líder.
Y aun así, hubo nobleza: el grupo decidió esperarlo. Nadie quiso hacer sangre del príncipe herido. Pero ya sabemos cómo va esto… Hoy fueron caballeros, sí, pero dejaron ir unos segundos que mañana pueden pesar como losas. Yo soy partidario del respeto pero cuando la carrera va lanzada es como cuando se pone la comida en una mesa gallega, que non quede nada!!
Y mañana… Hautacam. Ese puerto que suena épico solo con nombrarlo, donde Indurain subía como un tractor y cayó como un mito, donde Rijs años después, confesó que iba tan cargado que no sabía si subía o flotaba. A ver cómo se levanta Pogacar del revolcón. No parece grave, pero saben aquel que decía: “»de pequena desfeita, grande desgrazada”. Se empieza probando el suelo y se acaba perdiendo el Tour.
La carrera es larga, pero hay puertos que pueden hacerse todavía más.
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